VI
Verónica acostumbraba todas las noches de verano, salir al patio trasero de su casa a contemplar la noche. Se recostaba sobre los bancos de la pérgola y miraba las estrellas. Pensaba que existía allá realmente, intentaba entender porque había un espacio, como es que existía el planeta, si los extraterrestres existían, pero abandonaba aquellos pensamientos, era estúpido y deprimente pensar en ello. Ni la ciencia ni dios podían responder sus preguntas.
Miraba la luna y cerraba los ojos disfrutando de aquella suave brisa de verano nocturna, le gustaba aquel particular fenómeno porque le recordaba a los tiernos e intensos besos que había recibido alguna vez de un amor que sintió eterno.
Amaba la noche, absolutamente todo cobraba una particular belleza. Además de que la noche era más romántica: estrellas, frio, brisas, luna, eclipses. Odiaba el día, primero por la falta total de magia, segundo porque el sol dañaba su albina piel y tercero, la gente común vivía intensa de día y dormía de noche. Verónica amaba vivir de noche, a pesar de que muchas veces la ciudad y el barrio dormían, ella se sentía más acompañada que nunca, sentía que así podía ver cómo era todo realmente.
VII
“Esta relación de mierda”. Era lo que resonaba en su cabeza. Eran las palabras que ella había usado, eran las palabras que Lautaro había empleado esa tarde en una discusión por teléfono.
Lautaro, era aquel personaje pintoresco de la radio. Nunca Verónica entendió por qué, pero se habían conocido y desde allí se habían enfocado en una relación. De vez en cuando, Verónica recordaba aquella tarde cuando había tomado la decisión de acudir al lugar de la cita, un bar céntrico. Recuerda que estaba muy nerviosa, que antes de partir no sabía si estaba lo suficientemente arreglada, si era el atuendo indicado, no quería dar una pista errónea.
Recorrió las calles tratando de pensar otra cosa, pero no podía. Pensaba en si la secuestraba, después se refutaba así misma de que aquella ciudad era una de las pocas donde una joven puede andar sola a altas horas de la noche. Seguía el camino y volvía a pensar de qué charlarían, inventaba tema de discusión pero sola veía como acababan muriendo en el silencio de ambos.
Llego, se sentó donde habían dicho: una mesa cerca de la ventana. Esperó unos minutos, pensó que no iría y se fue. Cuando estaba partiendo un mensaje le llegó de Lautaro, preguntándole dónde estaba y ella dijo que estaba llegando. Volvió a entrar en el bar, se sintió estúpida, levantó la mirada y vio a un hombre que se levantó hacia ella y le preguntó: “¿vos sos Verónica?” y sin esperar a que ella respondiera dijo: “soy Lautaro, el de la radio. Un placer”.
Se sentaron y el notando que Verónica era mucho más joven de lo que creía hizo un chiste de muy mal gusto: “pensé que no venías porque preferiste mirar patito feo”. Ella dibujó una mínima sonrisa. Él preguntó si bebía alcohol y ella respondió que sí, entonces pidió una cerveza.
Verónica lo miraba con detenimiento, pero no quería que él lo notara. No sabía cómo describirlo. Era peculiar. No era muy bonito, pero tampoco demasiado feo. Concluyó en calificarlo de común ya que no encontraba nada que lo haga especial.
El preguntó su edad, “es que no me acuerdo”.
-“18”- respondió.
-“Sos un bebé”- remató el.
- “vos, ¿43 verdad?”.
- seguro que pensas que soy un viejo choto- sonrió.
Y eso había notado Verónica, que a pesar de estar hablando con un adulto no lo sentía así y menos como un viejo choto. Eso lo hacía especial: su espíritu y a la vez su rostro joven, si él no le hubiese dicho su edad ella hubiera concluido que tenía alrededor de 35 años o menos.
Él le contó sobre sus andanzas como gendarme, era lo que había sido en una época. En un momento se dio cuenta que no había escuchado a Verónica, que se la pasó hablando sobre él. Y le dijo “ya te debo haber aburrido. Decime algo vos, no dijiste nada“. Y se respondió: “y sí, cómo vas a emitir palabra si no me calle un segundo” y sonrió. Verónica no tenía nada que contarle y menos a un extraño, no era de esas personas que hablaban sobre si, sino de aquellas que preferían escuchar a los demás, porque de seguro tenían algo muy importante que decir o que al menos los ayudaba a descargar y ese papel le encantaba a Verónica, siempre procuró ser alivio para los demás, una buena compañera antes que una quejumbrosa.
Su madre la había estado llamando al celular, había olvidado dejar una nota. La vio y le dijo “¿tenés que irte?“. “Si” respondió ella. “¿Dónde te dejo?”. “No hace falta, me voy desde acá”. Él volvió a insistir y ella volvió a rechazar el aventón. Se despidieron, y él dijo que le había encantado conocerla, le expresó que era muy agradable y bonita y que esperaba verla pronto. Era la primera vez que Verónica se sentía halagada por un cumplido.
viernes, 29 de enero de 2010
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t amo gus!
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